Leonor Antón: «La poesía debe ser honesta»

Atardece en Madrid. Desde el interior de un establecimiento cualquiera de la Glorieta de Quevedo observo por una ventana cómo las calles aturdidas se tiñen de ocre. Me pregunto cuántas ilusiones morirán con el día y cuántas renacerán durante la noche. No estoy solo. Me acompaña Leonor Antón, una ninfa a la que he pedido que se ausente de su morada en el bosque y me conceda unos minutos de charla en los dominios del caos.

Ella no lo sabe, creo, pero desde el principio me he visto reflejado en su escritura bella y decadente; en esos versos encadenados que nacieron con la única intención de rescatar los fragmentos de una vida destinada a disiparse por imperativo natural. Aventurarse y sobrevivir en las profundidades del bosque, bajo el influjo de la revelación y en presencia del cisne, trajo consigo la esperanza.

El bosque supuso el inicio del exilio; la pérdida de la que años después nacería Olvido (Mueve tu lengua, 2018), precisamente, ante la necesidad de recordar. Desde ese momento, Leonor, convertida en ninfa y heredera de Aquitania, comenzó a habitar los lugares más recónditos de su mente, alternando sus estancias en la espesura con otras de obligado cumplimiento en la ciudad, también escenario de sus creaciones.

Hoy,
además de Olvido y La musa,
Leonor vive iluminada
por más de una docena de
empezares.

¿Qué es escribir para ti?

Algo mucho más natural de lo que realmente parece. Hay gente que tiene como una especie de ritual. En mi caso, escribo a diario. Entonces no hay un «me siento y coloco los folios así, o el ordenador así» porque generalmente es mucho más natural que todo eso. De hecho, soy muy fiel a mi naturalidad en ese sentido. Por ejemplo, Olvido estaba grabado en audios antes de ser escrito, por eso tiene esa frescura de lo que no está realmente premeditado. Hay veces que me han preguntado si escribo pensando primero en lo que voy a escribir, y es al revés; es al terminar mis textos cuando me doy cuenta de lo que he escrito. Sin lugar a dudas, el poema más veraz que existe es aquel que surge antes de proponértelo siquiera.

¿Por qué sientes que tienes que escribir? ¿Qué te lleva a ello?

La verdad es que es algo que no me planteo, sale de manera natural como el respirar. Al igual que sé que cuando tengo hambre tengo que comer, cuando sé que tengo que escribir o grabar simplemente lo hago, y lo mejor de todo es que luego puedo amortizar esas emociones. Si en un momento dado estoy en una crisis existencial y hay constancia de ello, es mucho más honesto, verídico y real, y tiene una cantidad de detalles que seguramente no tendrá algo que te has propuesto escribir. Puedes conseguirlo, obviamente, pues hay escritores que sí que tienen un método. Sin embargo, si lo haces en ese momento preciso estoy convencida de que no tienes que meter filtros de irrealidad ni de invención porque es mucho más directo.

Para alguien que todavía no conozca tus obras, ¿cómo las definirías?

Es complicado, porque es muy distinto como escribo novela, poesía o publicidad. Mis novelas son más frescas, más divertidas, sobre todo porque tienen ficción. Mis poesías, generalmente, son diarios.

Una vez, mientras hablaba con un colega poeta que ya no está, le decía que cada vez que escribía un poemario me estaba sentenciando, porque utilizo nombres reales, detalles que demuestran que eso pasó y la gente se localiza en los textos; le dije que a lo mejor no debía seguir escribiéndola porque la poesía debe ser honesta, ya sea poesía social, personal, surrealista, o lo que sea. Él me contestó y me dijo: «Mira, Leo, no escribas nada pensando en que los demás te van a leer ni pensando en ti ni en nadie, simplemente hazlo». Siempre lo he hecho y desde aquel momento lo tomé como algo natural. Es verdad que hago mi sentencia, pero no puedo evitarlo.

¿Qué opinión te merece la poesía social?

Tengo mis poetas como referentes, pero son de otra generación, como Gabriel Celaya. Sobre los poetas de ahora, pienso que son bastante buenos y valientes. De hecho, me quedo maravillada en cómo la gente hace uso de la lírica para todo, tanto para una guerra social o para reivindicar cualquier temática. En mi caso, hago uso de otro tipo de valentía, ya que realmente mi poesía muestra mis errores y mis taras.

Sí… Muchas veces pretendemos que la poesía, la pintura o la fotografía cambien el mundo y lo que tampoco nos damos cuenta es que están cambiando muchos mundos.

Claro, se puede hacer a nivel personal o general… Eso es lo bueno del arte, el uso que le des, siempre y cuando no sea para dañar o humillar a alguien, y se haga bajo el respeto, con esa solemnidad que se merece.

Has citado a Gabriel Celaya en la poesía social… ¿Cuáles son tus referentes a la hora de escribir? ¿Qué artistas se encuentran en tu escritura?

Es muy infinita esa pregunta. Es como hablar de tu canción favorita. Lo cierto es que tengo muchísimos, porque además he leído un montón y hubo un tiempo en que también fui correctora literaria, por lo que me empapé de una gran cantidad de libros de temáticas distintas que en realidad no me interesaban. Aun así, me pareció interesante conocer cómo escriben y redactan otros autores.

Considero que la época actual está muy bien. Conforme fue emergiendo la poesía otra vez, desde Batania en adelante. Por supuesto, a Lorca lo llevo en la sangre; de la Generación del 27 prácticamente me gustan todos… Y ya te digo que las nuevas generaciones me gustan mucho. También todas las mujeres. Desde las nuestras como Rosalía de Castro hasta poetas argentinas con Alejandra Pizarnik o norteamericana con Sylvia Plath. Generalmente todas se suicidan, tienen una muerte dolorosa, pero me marcaron mucho en mi adolescencia. Lees sus obras, o sus diarios, que son fundamentales, mucho más que los poemas incluso, ya que están cargados de vaivenes emocionales y existenciales, ese sufro luego existo, y te das cuenta de que el peso del mundo es mayor sobre estas personas tan sumamente sensibles. A lo mejor suena frívolo, pero a mí me atrae esa visión tan sufrida, dolorosa y oscura al mismo tiempo del mundo. Aunque de la luz también salen cosas bellas, lo realmente poderoso, a mí parecer, procede en su mayoría de la oscuridad.

En uno de tus poemas dices «Lo más importante es amar, amar por encima de todo, morir sin habernos dejado nada que decir». ¿Es ese el sentido de la vida?

Absolutamente. Soy una persona que ama mucho, pero también soy muy destructiva. Supongo que el amar tanto también abarca el hacer daño. No soy una persona malvada, no tengo maldad, pero obviamente nadie está exento de hacer daño. Siempre he tenido en cuenta o he sido consciente de mi vulnerabilidad. La mayoría de los humanos no nos paramos a pensar generalmente en que podemos morir en cualquier momento, y desde que era muy pequeña, siempre he sido consciente de mi vulnerabilidad como ser vivo, en el sentido de que hoy estás aquí y mañana no. Y teniendo ese conocimiento de causa, lo más importante es acabar estando en paz. Y por suerte cuando me he equivocado he tardado poco en retractarme y pedir perdón. Soy una persona con un pronto terrible, pero cuando lo he hecho mal, no me cuesta decir lo siento o perdóname, y hacer lo que haga falta. Sobre todo porque pienso que en cualquier momento puede que ya no esté aquí y quiero estar en paz.

De todo lo que nos rodea, ¿qué elementos te inspiran?

El bosque. El bosque es el escenario protagonista de la mayoría de mis obras. Obviamente la influencia de la ciudad se ve reflejada porque vivo gran parte del tiempo en ella, pero la naturaleza es el escenario protagonista de la mayoría de mis obras, sin lugar a dudas, porque también aporta ese misticismo. No solo está en mi repertorio imaginativo, sino que he de ir y acudir al bosque para poder percibir esas emociones. Me siento muy ligada a la naturaleza, al bosque y a su solemnidad.

¿Qué podemos encontrar en la profundidad del bosque?

Sin duda, a ti mismo. Y de hecho hay veces que empiezo a sentirme como que estoy un poco desvinculada de todo y de mí misma, y el bosque me da esa serenidad. Allí puedo escucharme sin tanto ruido; es que es literal. Realmente hay mucho ruido y muchísimos estímulos. Sin embargo, en el bosque no hay nada… Entiéndeme, sí que hay, pero allí estás tú sola.

Te entiendo. De alguna forma, el bosque te devuelve al origen…

Es totalmente eso, y aparte de una manera muy natural al despojarte de tu ropa, meterte en el agua helada y pasar la noche sola entre los árboles… Allí no hay miedo, porque no va a pasar nada. Yo he pasado más miedo en Fuencarral volviendo de noche a casa que en cualquier bosque en el que he estado.

Decía Jorge Manrique aquello de «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…». ¿Qué representa la muerte para ti y en tu poesía?

Un estado natural, y a veces de paz y sosiego, porque en muchos casos sí que es alcanzar la paz si estás sufriendo o ya has vivido mucho, a no ser que sea algo inminente e inesperado. No quiero frivolizar con esto, ni que parezca que estoy a favor de la muerte… No es eso.

Además, la muerte no solo abarca ese final definitivo; la muerte de las cosas o las relaciones también influyen en tu día a día. Por lo tanto, creo que la muerte es mucho más amplia que el concepto que se tiene sobre ella. He muerto muchas veces, he tenido muchísimos empezares y he evolucionado. Imagino que habrá gente que también y otros que no lo hayan hecho nunca. Sobre todo, hay que ser conscientes de que eso está ahí, forma parte de nosotros y hace que valoremos más el día a día y lo que hacemos. A veces lo olvidamos…

En alguna de tus entrevistas llegas a decir que tienes el «alma vieja». Lo cierto es que me impresionó escucharte decir eso porque muchas veces también me he sentido así. A veces, la muerte no es el estado que conocemos, es el dolor extremo y la decepción.

Claro, porque hay mucha gente que está muerta en vida. Eso es casi peor que haberse ido. Hay gente que está aquí y que no vive realmente. Hay que vivir, ser generosa y darlo todo. Sobre todo hacer a los demás felices, porque estar aquí para no estar es muy injusto, especialmente para los que se han ido.

Lo del alma vieja, pues sí, tengo esa percepción. Me ves callada por la calle y parezco una persona normal, pero cuando me escuchas hablar, o puede que incluso cuando me lees, no concuerda; tengo ciento veintiún años en ese sentido. Y a veces me siento cansada… Soy una persona ágil, deportista, llena de vitalidad, más o menos joven todavía, pero sí, a veces sí que tengo esa sensación de que he vivido demasiado.

¿Qué sientes cuando ves a un niño jugando en un parque?

La verdad es que me fijo mucho en las pequeñas grandes cosas que nos hacen humanos. Y luego, sin embargo, las cosas que suelen llamar la atención al resto de la gente, para mí pasan desapercibidas. Por ejemplo, me emociona esto que está sucediendo ahora mismo, aquí delante, en la calle… Llevamos un buen rato, de hecho desde que salí de casa, que este efecto que a la gente le suele dar alergia, a mí me parece precioso, no sé por qué; es como si hubiera un confeti de manera natural, como si todo esto fuera una gran fiesta porque llega la primavera, y me parece muy bello ver cómo estos remolinos van barriendo y giran de repente, de manera aleatoria, ahora aquí, ahora ahí… Si me vieras cuando llueve, alucinarías. Bueno, o a lo mejor no. Ves a la gente con la prisa, y sin embargo, yo me detengo, me descalzo, abro la boca y me quedo recibiendo la lluvia, festejando ese momento. Lo mismo le sucede a ese niño que está jugando en un parque, por el que me preguntabas.

Me ha llamado la atención que en una de tus entrevistas te preguntaban si eras espiritual… A mí, corrígeme si me equivoco, tus poemas me han parecido profundamente espirituales.

Es que lo son. Sé a que entrevista te refieres… Aquel día estaba muy cansada y dije que no me consideraba espiritual, pero era en ese preciso momento. Cuando hice esa entrevista, que fue justo al grabar y escribir Olvido, llevaba una frase por montera: «He dejado de sentir emoción por las cosas», y eso tiene una magnitud y una gravedad terrible. Es lo que te decía antes: «¿Qué haces viva si no sientes emoción por las cosas?»

Pero luego, a raíz de esa entrevista, me di cuenta de que sí es verdad que soy espiritual. Obviamente, hay momentos en los que lo eres más y lo eres menos, pero porque te desvinculas de ti misma y de lo que te rodea. Tras esa entrevista hubo mucha gente que contactó conmigo y me dijo que le pasaba lo mismo, que se habían dado cuenta de que estamos tan embriagados de estímulos que ya nada te emociona, porque lo puedes tener todo en el momento. Obviamente habrá a quien le cueste más y a quien le cueste menos, pero si lo piensas todo es accesible en el primer mundo. La gente se muere de hambre y de enfermedades terribles en otros lugares, y aquí, sin embargo, carecemos de emoción por las cosas. Es muy triste.

También, como te decía, había salido Olvido, me habían hecho varias entrevistas seguidas y estaba muy saturada de que me preguntasen lo mismo todo el tiempo. Además, estaba agotada porque acababa de volver de un viaje y en tres días había estado en cuatro sitios distintos con sesión de fotos, grabación de videopoema, entrevistas… Fue una locura.

Hoy, sin embargo, he vuelto a sentir emoción por las cosas. He adoptado a un perro, me he mudado a una casa que me gusta, estoy escribiendo una novela, acaba de salir el poemario Hoy, estamos haciendo esta entrevista, la gente se queja por el viento… Y sí, sí que me considero espiritual. Muchísimo, de hecho. No tengo una religión a la que seguir, pero sí que creo en la energía y en la espiritualidad.

¿Tienes esperanza en el género humano?

No se puede vivir si has perdido la fe en la humanidad. Es muy similar a lo que te decía de dejar de sentir emoción por las cosas. Si te pasa una de las dos intenta solucionarlo lo antes posible porque probablemente tu vida se convierta en un infierno. Creo que es necesario tener fe y seguir creyendo tanto en la humanidad como en esas pequeñas grandes cosas que nos hacen humanos. También debemos bajar un poco la marcha porque todo ello va ligado a la sobrestimulación o embriaguez en la que nos encontramos.

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Leonor Antón (Cartagena, 1986) es escritora, novelista y poeta. Desde 2012 ha publicado al menos catorce obras, entre las que se encuentran Anécdotas de una mujer en obras (2012), ¿Te apetece salir? (2013) La musa (2015), La última virgen jurada (2015), Aquí paren hasta los machos (2016), Olvido (2018) y Hoy (2018). Además, la artista destaca por sus videopoemas y recitales, disponibles en su canal de Youtube.

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